Qué es el reumatismo y cómo afecta a tus huesos, músculos y articulaciones

Seguramente has escuchado alguna vez a un familiar mayor quejarse de que «le ha atacado el reuma» justo cuando cambia el tiempo o aumenta la humedad. Es una expresión clásica en nuestros hogares, usada para describir una mezcla de molestias, rigidez o dolor en el cuerpo. Sin embargo, aunque el término «reumatismo» es muy popular en el lenguaje cotidiano, a veces genera más dudas que certezas. ¿Es realmente una enfermedad concreta? ¿O es una forma general de hablar de problemas muy diferentes?
Hoy seguimos utilizando esta palabra porque describe una sensación que muchos conocemos bien: ese malestar difuso que afecta a nuestro movimiento y calidad de vida. El propósito de este artículo es despejar esas incógnitas, ayudarte a entender qué ocurre realmente en tu cuerpo cuando sientes estos dolores y guiarte para que sepas cómo actuar. Porque comprender lo que te sucede es el primer paso para cuidarte mejor.
Qué es el reumatismo (y qué no es)
Para empezar, es fundamental aclarar un mito muy extendido: el reumatismo no es una única enfermedad con nombre y apellido médico. En realidad, es un término «paraguas», una forma coloquial y general de agrupar a más de 200 problemáticas médicas diferentes que afectan al aparato locomotor. Cuando alguien dice que tiene reuma, no está ofreciendo un diagnóstico preciso, sino describiendo un conjunto de síntomas que pueden tener orígenes muy distintos.
Entre las enfermedades que comúnmente englobamos bajo esta etiqueta se encuentran:
- La artrosis (desgaste del cartílago).
- La artritis (inflamación de las articulaciones).
- La fibromialgia.
- Y, aunque no es una enfermedad reumática en sentido estricto, la osteoporosis también suele mencionarse cuando se habla de “reuma”.
Cada una de estas patologías tiene sus propias causas, evolución y tratamiento. Por eso, quedarse solo con la idea de «tengo reuma» puede ser peligroso, ya que impide buscar la solución específica para tu problema.
Cómo afecta el reumatismo al cuerpo
Los trastornos reumáticos pueden presentarse de muchas formas, pero casi todos comparten dos elementos centrales: dolor y limitación del movimiento. Sus efectos se manifiestan en distintas partes del aparato locomotor:

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A nivel articular
- Inflamación visible (hinchazón).
- Sensación de calor o enrojecimiento en la zona.
- Dolor que empeora con ciertos movimientos.
- Rigidez matutina, típica sensación de estar “oxidado” al levantarse, que mejora a lo largo del día.
A nivel muscular
- Debilidad y dificultad para realizar esfuerzos.
- Contracturas frecuentes.
- Dolor generalizado al tacto o sensibilidad aumentada.
A nivel óseo
- Desgaste progresivo en algunas patologías.
- Pérdida de densidad ósea en determinadas enfermedades, con mayor riesgo de fracturas.
Síntomas sistémicos asociados
- Fatiga persistente o falta de energía.
- Fiebre leve sin causa aparente, en enfermedades reumáticas inflamatorias o autoinmune
- Pérdida de apetito o malestar general.
Cuando aparecen estos signos, el cuerpo está enviando señales que van más allá de una simple molestia; indican que puede existir un trastorno reumático que requiere valoración médica.
Diagnóstico y tratamiento: qué hacer ante los síntomas
Si identificas alguno de estos síntomas de forma persistente, la automedicación no es la respuesta. Lo ideal es acudir a un especialista, en este caso, el reumatólogo. El proceso de diagnóstico suele comenzar con una historia clínica detallada y una exploración física, pero casi siempre requerirá pruebas complementarias. Los análisis de sangre son fundamentales para detectar marcadores de inflamación o anticuerpos específicos, mientras que las pruebas de imagen (como radiografías, ecografías o resonancias magnéticas) permiten ver el estado real de tus huesos y tejidos blandos.
Una vez que sabemos qué problema específico padeces, el tratamiento se personaliza. La medicina actual ofrece un arsenal amplio: desde analgésicos y antiinflamatorios para controlar el dolor agudo, hasta fármacos modificadores de la enfermedad que frenan su avance en casos crónicos. Pero la medicina no lo es todo; la fisioterapia juega un papel crucial para recuperar la movilidad y fortalecer la musculatura que protege tus articulaciones. La clave es la detección temprana: cuanto antes acudas al especialista, mayores serán tus opciones de mantener una buena calidad de vida y evitar daños irreversibles en tus articulaciones.
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Vivir con reumatismo: autocuidado y prevención
Convivir con una enfermedad reumática no significa renunciar a tu bienestar. De hecho, pequeños cambios en tu rutina pueden marcar un antes y un después en tu día a día. El autocuidado es tu mejor aliado: mantener un peso saludable reduce la carga sobre tus rodillas y caderas, y practicar ejercicio suave y regular —como la natación o caminar— ayuda a mantener las articulaciones lubricadas y flexibles sin impacto agresivo. Escuchar a tu cuerpo es vital; aprende a distinguir entre el dolor «bueno» del esfuerzo y el dolor que te pide descanso.
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Sin embargo, es crucial saber cuándo pedir ayuda profesional. Si el dolor te impide dormir, si la rigidez no mejora o si notas deformidades articulares, no esperes. Aquí es donde contar con un respaldo médico ágil resulta esencial. El Seguro de Salud Aegon Completo te ofrece acceso rápido a reumatología, pruebas sin esperas y un seguimiento continuado para que puedas cuidar tus articulaciones con total tranquilidad. Empieza a cuidar de tu salud ya y no dejes que el dolor te marque el ritmo.

